In memoriam Ray Bradbury (1920-2012)

Ray Bradbury.


por Fernando G. Toledo

El sonido de un trueno es quizá una de las fuentes más primigenias de las cuales comenzamos a beber la certeza de que la vida está llena de enigmas. Lleno el mundo de retazos por coser, lleno el saber de mares de ignorancia. Repleta la luz de cegadora oscuridad. El sonido de un trueno lanza su pesada lápida después de un fogonazo que nos sorprende con los ojos desnudos, nos invade, nos infecta de insomnio a la espera de otro nuevo estruendo en la penumbra insoportable.

El sonido de un trueno nos queda, desde que nos llegan él y las posteriores explicaciones que quieren mitigar su poder de espanto, nos queda, pues, como una marca de fuego en lo que miramos de reojo. Por eso hallar su invocación, a través del nombre de un relato que se nos pasa, en plena adolescencia, por delante, resucita aquellos monstruos despiadados que nos hicieron temblar una vez. Es decir, para siempre.

Pero otras huellas han de quedar si somos nosotros los que nos sumergimos en El sonido de un trueno, que ya encabeza las palabras del cuento que emprendemos en una revista generosa que quiere traernos a los-grandes-escritores-que-debemos-leer. «Ray Bradbury» dice la firma y ese nombre que resuena también como un eco de algún lado (en algún otro libro que se nos ha cruzado ha de estar, o quizá en esa serie de TV que sorprende en alguna noche de verano), también ha de quedarnos.

El sonido de un trueno puede ser, así, quizá, nuestro primer registro consciente y maduro de lo que representa tratar con lo irremediable. Borges, pocos años después, ha de dejar también resonando en nosotros una línea magnífica de uno de sus relatos de oro:. «el ejecutor de una empresa atroz debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imponerse un porvenir que sea irrevocable como el pasado». Pero, antes, Bradbury ha ofrecido el revés de esa especie de imperativo categórico. Nos ha sugerido en ese cuento que habla de algo tan primigenio como el tronar del cielo, que si revocarse el pasado pudiera, también subvertiremos lo que supimos conocer como presente, también abriremos nervaduras infinitas, con la fuerza de un relámpago, en cualquier futuro que sea previsto como tal. No hace falta, siquiera, la potencia eléctrica de un meteoro aterrador, dice Bradbury. Basta con salirse del camino preciso y sutilmente calculado, basta con desobedecer como un turista curioso todas las recomendaciones y poner el pie por fuera de la senda resguardada. Allí habrá, aunque no hayamos visto su emblemática hermosura, una mariposa. Y cuando quede aplastada por nuestro incauto pie, seremos nosotros la tormenta y el quebranto del tiempo, como lo somos siempre aun sin saberlo. Seremos una pieza que vuelca otra y esta, a su vez, otra más, en un dominó de irrefrenable caída.

 Ese relato (parte de su libro Las doradas manzanas del sol) es lo primero que leí de Bradbury. Me permitió entender, para siempre, de qué va un viaje en el tiempo, ese juguete fantástico con el que tantos han jugado, teóricos incluidos. Me permitió beber un poco de su lírica sutil, que va llevándonos por el relato como si este no importara. Me invitó a otras obras, a otros truenos inolvidables: los terrestres que desde Marte ven la Tierra estallar, los que lloran al ver arder un libro sabiendo todo lo que se pierde. Me permitió seguir leyendo, al fin, admirar su nombre, estar atento a la sorpresa que representó su libro de poemas (de él, que intercalaba poesía en cada línea de su narrativa). Me llevó a la reverencia admirada cada vez que se pronunciaba su nombre. Ray Bradbury acaba de morir. Pero él ya había pisado la senda de mi camino de lecturas y el sonido de un trueno parece oírse, todavía, mientras escribo estas palabras que podrían no haber sido escritas, pero que aquí están trazadas porque quieren ser, sólo en su honor, irrevocables.

Comentarios

  1. Fernando: muy sentidas tus palabras sobre la historia de un autor que tiene lo más preciado e, irónicamente, lo más denostado de la literatura: crear lectores. Bradbury, como Cortázar, despierta conciencias jóvenes, abre ojos nuevos a un mundo antiguo, pero diferente. Sin embargo luego es olvidado o recordado con cierta displicencia por lectores adultos.

    Entonces, ¿debe morirse un autor para que cobre su real dimensión? Ojalá que alguna vez le hagamos, a este tipo de autores, el honor que se merece.

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