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Música para sueños

Por Fernando G. Toledo
costumbro a dormirme con música. Boca arriba, con los auriculares puestos y con mi reproductor de MP3 o un hermoso discman Sony que funciona como el primer día. No elijo una música especial para el sueño. Puede ser un viejo disco de rock progresivo italiano, una versión que haya transitado poco de alguna sinfonía de Mahler, un disco nuevo de algún artista que quiero conocer o una pieza para piano que me gustaría tocar yo mismo.

Me parece fascinante entrar en el sueño de esa manera. Por lo general, escuchar música es una tarea que emprendo con la mayor seriedad. Escucho el disco, leo sobre él, comparo lo que voy oyendo con lo ya oído, hago enlaces inesperados y disecciono la música mientras va sonando. En suma, dispongo de mis sentidos en alerta para disfrutarlo bien despierto.

Sin embargo, cuando conecto la música a mis oídos para entrar en el sueño lo hago casi como si buscara un sucedáneo de las canciones de cuna que mi madre entonó para que yo durmiera de pequeñ…

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