Una elegía materialista: sobre Mortal en la noche




por Fabián Soberón

Los poemas de Mortal en la noche dibujan una forma materialista de la melancolía. El yo de los poemas no canta un declive místico o religioso. No hay un canto o una elegía que se demore en las pesadumbres de la vida terrena como un medio para un fin extranjero. Toledo no cree que los pesares serán mejorados en un más allá. Sabe, quizás como un estoico, que este mundo es el único mundo y que la mansedumbre breve llega con la asunción de ese estado. Por eso el yo de los poemas enumera una elegía materialista al modo del incomparable Lucrecio o del poeta Nietzsche. Los poemas prefiguran la extraña sombra de la desolación. Pero la sombra no es un alarde ni una queja exagerada. Toledo escribe versos, calculados y precisos, que elaboran una filosofía sutil que serpentea como música pagana, como melodía agónica pero no dramática. Nada más lejos del romanticismo que este libro.

Es notable cómo el autor entrelaza la filosofía con la poesía. Me parece logrado ese ejercicio de ubicar –entre líneas– ciertas posiciones filosóficas. Percibo un tono escéptico en los versos («Pero no hay contradicción / Ni milagro en las afueras») y un aire ateo en algunos poemas. Ese aire no es didáctico ni apologético (en el sentido peyorativo de estos términos) sino, por momentos, lírico. En «Gesto en el universo», ese yo que asume la imposibilidad del conocimiento, la nada del inicio y la nada del final, dice con lirismo:

…Pero un perro se hace oír a lo lejos,
Resolviendo antes que yo sus asuntos,
Y pienso en esto que ahora
Voy a poner por escrito:
Un ladrido como un acto reflejo
Contra algo que se mueve en la noche.

El perro no es menos que un hombre. O, a la inversa, un ser humano es poca cosa: algo estalla en el universo inabarcable y el hombre solo escucha el eco del estallido. El sentido del mundo es un arcano. Nada sabemos y es poco lo que podemos hacer frente al misterio. Pero lo incognoscible no es divino ni místico sino que hay una imposibilidad material que nos impide avanzar. Frente al misterio somos menos que un perro. El poema es un ladrido en la noche. Los perros son poetas involuntarios. Acaso el perro tenga la mejor manera de reaccionar. La resignación sobre lo que se pierde o sobre lo que se pudre o sobre lo que muere no hace que el poeta desespere. La podredumbre inevitable o la batalla perdida no lo llevan a abandonar la poesía. Al contrario, pareciera que esa lucha vana, ese combate tímido contra lo inevitable es el combustible que lo impulsa a escribir. Dice en «Mortal en la noche»:

Pero es un cierto lujo que aún resista,
Incluso en este cuarto en donde la Tierra no gira
Y ponga el cuerpo en cada escaramuza

Como buen poeta materialista, Toledo no escenifica un combate entre almas o espíritus. Toledo escribe desde el cuerpo y sobre ese cuerpo —el suyo, el de los otros— que se pudre, inevitable:

El cuerpo que ya
Igual doy —no sin pena— por perdido.

Es un acierto el título del libro. En los poemas de Mortal en la noche, lo coloquial (lo cotidiano) se mezcla de manera maravillosa con la profundidad del asunto metafísico. Siento —y quizás me equivoco— que a estos poemas no les falta ni les sobra nada. Hay un equilibrio —ese que quería Octavio Paz— entre forma y sentido, una unidad que deslumbra. Y eso no es poca cosa. Creo que ahí «nada» la poesía.



Otro análisis de Fabián Soberón sobre Mortal en la noche, AQUÍ

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