Maneras de mirar el futuro




Cuando inicia el año, se extiende ante nosotros, como una pedregosa alfombra, la ilusión del futuro. Los que venimos maltrechos por el camino recorrido debemos afrontarlo como podamos.


© Fernando G. Toledo


i/ Instrumentos rotos
No hay que tener los ojos dañados para mirar el futuro. Ya se transitaron los días previstos, está agotado el calendario y, como enero tiene la prepotencia de todo comienzo, por eso nos tira de los pelos, nos levanta la cabeza, nos obliga a mirar lo que viene. Pero no hay que tener los ojos dañados por lo que vimos, por lo que vimos perderse, lo que vimos morir, lo que no queríamos ver. Porque mirar el futuro con los ojos rotos quiebra el futuro. No hay que tener el ánimo herido para mirar el pasado. Heredamos lo que nos toca y a veces es un daño constante, una malformación de la suerte que nos arrastra al desequilibrio y a la tristeza. Y comienza un nuevo año y miramos hacia atrás y las heridas aún están abiertas: es una sal sobre ellas el tiempo que pasa. No hay que mirar el pasado si sigue doliendo. No hay que tener el corazón hecho trizas para mirar el presente. Tiñe de rojo la compañía indeclinable, lo fuerte, lo que nos sostiene. Tiñe de negro el abrazo, el beso. No hay que tener así el corazón para mirar el presente. Hay que sanar.

ii / De esta manera
Así: con la fantasía que me hizo posible, que me creí, que me ayudó a paliar lo que no era. Así: haciéndome fuerte, aunque fuese débil. Engañado tal vez por uno mismo, tan sólo para que la vida siguiera sin que la garganta ávida del suelo fangoso nos terminase tragando. Así tan sólo: con esa imagen deforme de lo que uno era, asumida a pesar de las dudas, las preguntas, las mentiras. Las dulces mentiras que van acumulando una destrucción que, tal vez, sea más fácil recibir cuando ya estemos del otro lado, es decir, cobijados por la casa de palos, barro y algunas piedras que conseguimos levantar y aún resiste la tormenta. Así, en el refugio ganado. Así, contra lo que no cesa de hacer temblar los cimientos. Poniendo un puntal improvisado cuando crujen los techos o se abren grietas en las paredes. Así, abrazados a los que ya no se fueron. Así, lejos de los que combaron la estructura con el ácido de su daño. Así también: permitiéndose llorar un poco más porque hace falta, porque en algún momento va a secarse esa fuente bajo el sol de la resignación. Así, aferrados a lo amado, empezar de nuevo.

iii / Competencia
Las tablas de mi barca de Teseo (el cuerpo, la persona, el despojo), han sido reemplazadas. Lo que sigue o lo que va quedando —una confusa síntesis de días acumulados, amores, rencores, laboriosos años en los que el disfrute era una cosa desconocida—, ese hombre presente es esto: lo que soy. Una espalda estropeada que ha de seguir sosteniéndome. Una usina de dolor. Alguien que igual sigue adelante porque se deja llevar por el rumor (infundado, acaso) de algo que se llama futuro. Un hombre que abre los ojos cada mañana, lava sus dientes, besa las mejillas del amor, cree acertar en la crianza, aunque aún no aprende bien cómo hablar de frente con ese futuro. Un hombre que tuvo desgracias, pero la suerte de no quedarse solo. Y que vive simplemente en disputa, como en ese poema de Juarroz: «Competencia del que soy y del que fui / con el que seré o no seré mañana / del que aún marca sus huellas / con el que todavía las borra, / del que empujaba al día / con el que ya ocultamente lo sostiene, / del que viene de ninguna parte / con el que viene de ninguna parte».
 
iv / Promesas
Claro que saldremos de viaje. Que reiremos felices por fin, con ese estadio siempre provisorio (único posible) que es la felicidad. Claro que tal vez los nudos se desaten o directamente cortemos la soga y soltemos el lastre. Claro que, llantos de por medio, se aliviarán las penas. Claro que vamos a vernos amanecer, atardecer y anochecer. Confiemos en que sí. Claro que haremos todo por recibir el mayor de los daños con tal de que no se vuelque hacia los que amamos. Lo prometo, voy a sanar. Lo prometo, voy a resignarme. También prometo que saldré del sótano oscuro, ese donde hay una mecha encendida que llegará a la bomba, que hará que todo estalle por los aires. Si no alcanzo a apagar esa línea de fuego rumbo al estallido, saldré a tiempo. Claro que ya entendí que, a veces, no todos pueden (ni merecen) ser salvados. Y entendí que a veces, por salvar a los que no pueden (ni merecen) ser salvados, olvidamos a los que deben (y merecen) ser salvados. Porque también nos salvan. Claro que lo haremos: pero hay una ausencia que seguirá doliendo. Sólo quería decirlo. Pero, claro: seguiremos juntos. Pues es lo que importa.


Ilustración: Paisaje del Pardo al disiparse la niebla, de Antonio Muñoz Degrain

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